MUJERES DE PELÍCULA | EDMUNDO FAYANÁS ESCUER

Irena Sendler, una Nobel de la Paz sin el Nobel de la Paz

Esta historia va dedicada a los miles y miles de cooperantes voluntarios que dan su trabajo para salvar a millones de personas pobres por todo el mundo. Son una luz que alumbra un mundo envuelto en el materialismo más obsceno.

Nace el 15 de febrero de 1910 en un pueblo llamado Otwock a 23 km de Varsovia. Se le pone el nombre de Irena Krzyzanowska. Su padre era Stanislaw, que era médico de reconocido prestigio, sobre todo por la labor social que desarrollaba. Era un activista del partido socialista polaco y tuvo una gran influencia sobre Irena.

Su padre muere cuando Irena tenía siete años, como consecuencia de haber contraído el tifus, al tratar a enfermos judíos con esa enfermedad que otros médicos se habían negado a atenderles. Su padre le dijo cuando iba a morir: “Si ves alguien que se está ahogando debes de tratar de salvarlo aun cuando no sepas nadar”. En su historia personal siempre respetó y amó al prójimo sin distinciones de ningún tipo. Los líderes judíos en agradecimiento a su padre posibilitaron que estudiara literatura polca en la universidad.

En el año 1942, los nazis designan un área cerrada para alojar a los judíos que vivían en Varsovia, que será conocido como “el gueto de Varsovia”, donde sólo se podía esperar una muerte segura

Irena en sus tiempos universitarios hizo frente a los criterios discriminatorios en la selección del alumnado en las universidades polacas, donde los judíos tenían serias dificultades. Fue castigada por la universidad de Varsovia durante tres años sin poder estudiar. Irena pertenecía a la izquierdista Unión de la Juventud Democrática. Posteriormente se unió al Partido Socialista Polaco.

Irena trabajó como administradora superior en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, desde el cual se dirigían todos los comedores comunitarios de la ciudad.

Con la invasión alemana de 1939, estos comedores comunitarios no sólo proveían de alimentos a la población, sino que prestaban asistencia financiera y otros servicios para huérfanos, ancianos y pobres. Ante la situación en que se vieron sumergidos los judíos de Varsovia con la ocupación alemana, se les proporcionaba, alimentos, ropa, dinero y medicinas.

Para evitar que los alemanes se dieran cuenta de esta ayuda a los judíos, se les registraba con nombres católicos ficticios y se les describía como pacientes con enfermedades muy contagiosas como el tifus o la tuberculosis, lo que hacía que los alemanes no se acercaran a comprobar los datos ante el miedo al contagio.

En el año 1942, los nazis designan un área cerrada para alojar a los judíos que vivían en Varsovia, que será conocido como “el gueto de Varsovia”, donde sólo se podía esperar una muerte segura.

El gueto de Varsovia tenía medio millón de habitantes, casi el 30% de la población de dicha ciudad.   Todo el gueto fue tapiado y vigilado las veinticuatro horas para impedir la salida del mismo. Cien mil personas murieron de hambre o a causa de las infecciones como el tifus durante el año y medio que duró el gueto, es decir más de cinco mil personas al mes. El resto de los miembros del gueto fueron llevados al campo de extermino de Treblinka donde la inmensa mayoría murieron gaseados.

Ante estos hechos, Irena vive el horror de tal situación, debido a las condiciones infrahumanas en que están obligados a vivir y a la falta total de libertad. Decide actuar para aliviar en la medida de sus posibilidades tal situación y se une al “Consejo para la Ayuda, Zegota”. Ella relata su trabajo:

"Como los alemanes invasores tenían miedo de que se desatara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto”

“Conseguí, para mí y mi compañera Irena Schultz, identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Como los alemanes invasores tenían miedo de que se desatara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto”.

Tenía a su cargo a veinticuatro mujeres y solamente a un hombre. Hicieron unos tres mil documentos falsos para las familias judías. Irena utilizaba el pseudónimo de Jolanta.

Irena ingresa en el gueto de Varsovia y caminaba por sus calles llevando el brazalete con la estrella de David, como símbolo de solidaridad y de pasar así desapercibida. Pertenecía al Departamento de control epidemiológico de Varsovia, lo que le daba cierta seguridad, porque el intento de ayudar a los judíos se pagaba muy caro por parte de los alemanes.

Pronto se puso en contacto con familias judías ofreciéndoles la posibilidad de sacar a sus hijos del gueto de Varsovia. Sin embargo, Irena no podía garantizarles el éxito de la salida del gueto. Lo que era seguro es que si permanecían en el gueto la muerte era segura.

Muchas familias se negaron a entregar a sus hijos, lo que posteriormente significó su muerte. Irena y su grupo intentaban una vez y otra conseguir que se los dieran, pero muchas veces cuando volvían a ver a la misma familia ya no las encontraban, pues habían sido conducidas a los campos de exterminio, provocando su muerte.

Durante año y medio, con toda su prudencia, pero con su inquebrantable coraje del que hacía gala, fueron rescatando a niños judíos. Se consiguió sacar del mismo hasta dos mil quinientos niños judíos.

Utilizó multitud de argucias para sacarlos del gueto, desde bolsos, cestos de basuras, bolsas de arpilleras, maletines de herramientas, ataúdes, camillas de ambulancias o como en el caso de la niña Elzbieta Ficowsha que fue sacada en julio de 1942 en un cajón de madera con agujeros para que pudiera respirar con tan sólo siete meses. Para que no hiciera ruido se le suministraron narcóticos.  

Salió junto con un cargamento de ladrillos. Su madre escondió una cuchara de plata, entre las ropas de su bebe, que llevaba grabado su nombre Elzbieta junto a su fecha de nacimiento, el 5 de enero de 1942. Por esto se le conocería como la niña de la cuchara de plata.

Esta niña fue entregada a una colaboradora de Irena. Durante meses la madre de Elzbieta llamaba por teléfono para así poder escuchar el balbuceo de su hija, hasta que murió en el gueto. 

Irena adiestró a un perro, para que al pasar los controles de salida, ladrase de forma furiosa a los soldados alemanes. Éstos, no se las querían ver con el perro y ni se acercaban. Cada vez que este carro salía del gueto, uno o varios niños salían camino de la vida

Empleaban también una iglesia que tenía dos puertas, una daba al gueto y otra, la principal a la ciudad. Los niños entraban judíos y mal vestidos y salían por la otra puerta bien vestido y católicos

Una vez fuera del gueto, los niños eran llevados a iglesias para después incorporarlos a familias católicas con nombres falsos. Irena guardó el nombre original de los niños judíos con los nombres católicos para que se supiera cual era su origen. Estos nombres los guardaba en una botella de cristal, que luego enterraba debajo de un manzano que había en la casa de un vecino, que estaba situada justo enfrente de la policía alemana.

Irena quería que una vez que llegará la paz, los niños pudieran recuperar sus verdaderas identidades, conociendo sus historias y que pudieran buscar a sus familiares.

Le rompieron los pies y las piernas, pero no lograron que revelase el paradero de los niños que había escondido, ni la identidad de sus colaboradores

El rescate de un niño requería al menos la ayuda de diez personas. Los niños eran transportados a unidades de servicios humanitarios y luego eran llevados a lugares seguros. Posteriormente se les colocaba en casas, orfanatos y conventos. Decía Irena “envié a la mayoría de los niños a establecimientos religiosos, porque sabía que podía contar con las hermanas”. También contó con gran apoyo para ubicar a los niños más mayores y nunca nadie se negó a aceptarlos

Los nazis se enteraron de las actividades que realizaba Irena, siendo detenida por la Gestapo el 20 de octubre de 1943. Fue conducida a la famosa cárcel de Pawiak, donde le aplicaron todo tipo de torturas. Según comenta la propia Irena “Yo aún llevo las marcas en mi cuerpo que esos superhombres alemanes me hicieron. Yo fui condenada a muerte”. Le rompieron los pies y las piernas, pero no lograron que revelase el paradero de los niños que había escondido, ni la identidad de sus colaboradores.

La organización para la que trabajaba Irena consiguió sobornar a un guardián alemán con la finalidad de salvarla. Mientras esperaba la ejecución, un soldado alemán se la llevó para un interrogatorio suplementario. Al salir, el soldado alemán le gritó en polaco “corre”, ella lo hizo. Al día siguiente aparecía en la lista de polacos muertos.

Cambió de identidad y siguió con su lucha por salvar a los niños judíos. Al finalizar la II Guerra Mundial, Irena entregó las listas guardadas de niños judíos en las botellas al doctor Adolfo Bermam, que era el presidente del Comité de salvamento de los judíos supervivientes. La inmensa mayoría de als familias de los niños habían muerto en los campos de exterminio.

¿Qué se hizo con los niños huérfanos?

Los niños que estaban con familias católicas siguieron con ellas, pero los que no tenían familia adoptiva ingresaron en diferentes orfanatos para posteriormente ser enviados a Palestina para ser adoptados por familias que se habían asentado en ese territorio.

Una vez acabada la II Guerra Mundial, Polonia quedó dentro del bloque comunista encabezado por la URSS. Su historia quedó oculta, pues lo que había pasado con los judíos polacos estaba prohibido comentarlo. A ello, hay que unir que Irena era militante socialista, lo que provocaba que continuamente fuera hostigada por la policía secreta polaca. De tal manera provocó que diera a luz de forma prematura a su hijo Andrzej lo que dos semanas posteriores provocaría su muerte. Tuvo otros dos hijos Janina y Adam que tuvieron problemas de todo tipo.

En el año 1965, la organización judía Yad Vashem de Jerusalén le otorgó el título “Justa entre las Naciones del Mundo”, siendo ese el Ente para el recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto.  Con lo que realmente se dio a conocer la historia de esta mujer fue en 1999, con  la obra teatral “la vida en un tarro”. A través de esta obra hizo que algunos de los niños judíos salvados del gueto de Varsovia  por Irena, le llamaron, diciéndole “Recuerdo su cara, es quien me sacó del gueto”.

Irena ya tenía entonces noventa años y se encontraba postrada en una silla de ruedas fue muy visitada destacando por su prudencia amabilidad y sabiduría. La gente salía impactada de la personalidad de Irena.

En noviembre de 2003, recibió del presidente de la república de Polonia, Aleksander Kwasniewski, la Orden del Águila Blanca. Joachim Weber, que era presidente de la Federación de Trabajadores Sociales le concedió la máxima distinción, en el año 2006, por sus actos humanitarios durante la II Guerra Mundial. Joachim al salir de la visita con Irena dijo “Fue un encuentro terriblemente conmovedor con una pacifista real, que ha salvado muchas vidas. Ella tiene una de las sonrisas más brillantes que jamás haya visto”.

En el año 2008, cuando ya tenía 98 años, fue nominada al Premio Nobel de la Paz, pero no le fue concedido, sí a cambio recayó en el ex vicepresidente norteamericano Al Gore.

Es una vergüenza, que este premio se les den a numerosos políticos como Al Gore, Abana, Henry Kissinger, Jimmy Carter, Isaac Rabin, Shimon Peres, Menachem Beguín, Anwar El Sadat… y sin embargo a otros muchos personajes que sí han luchado por los derechos humanos se queden sin él, como es el caso de Irena Sendler. Elecciones como las anteriormente mencionadas, son las que producen la mala imagen de estos premios de la Paz. Irena Sendler es una auténtica Premio Nobel de la Paz, aunque prefirieron dárselo a un político irrelevante. La institución noruega no se lo ha dado, pero sí los ciudadanos que conocemos su historia.

Cabe destacar las frases que Irena pronunció para justificar su actuación “La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad”.

No se consideraba una heroína y nunca se adjudicó crédito alguno a sus acciones, decía “podría haber hecho más, éste lamentó me seguirá hasta el día que muera”.

Irena nunca esperó reconocimientos “Yo no hice nada especial, solo hice lo que debía, nada más.   Cada niño que salvé es la justificación de mi existencia en la Tierra y no un título de gloria”.

Terminada la II Guerra Mundial trabajó en organizaciones para el bienestar social, ayudando a la creación de casas para ancianos, orfanatos y un servicio de emergencia para niños.

Irena Sendler muere en Varsovia el 12 de mayo de 2008.

Esta historia va dedicada a los miles y miles de cooperantes voluntarios que dan su trabajo para salvar a millones de personas pobres por todo el mundo. Son una luz que alumbra un mundo envuelto en el materialismo más obsceno.