Humor e ingenio en el equipaje de Julio Camba

Francisco Fuster recopila en Crónicas de viaje. Impresiones de un corresponsal, español los artículos del periodista gallego.

camba2lecturassumergidas.com | @lecturass | Por Emma Rodríguez |Julio Camba era un viajero que amaba las urbes de principios del siglo XX. En Camba (1884-1962) encontramos la ligereza, la libertad a la hora de escribir de lo que al parecer más le apetecía, la capacidad de observación, el sentido del humor, el buen oído para escuchar las conversaciones de la calle y para trazar un relato a partir de las anécdotas del día a día. Todo ello caracteriza los escritos de viaje de este hombre cuyas crónicas seguimos disfrutando hoy, reconociendo en muchas de ellas formas de ser que se mantienen inalterables porque forman parte de la condición humana, señas de identidad de los países en los que vivió y de cuyos acontecimientos, ritmos y costumbres escribió para distintos diarios españoles.

Disfrutamos leyendo los artículos del periodista gallego reunidos por Francisco Fuster, experto en su obra, en Crónicas de viaje. Impresiones de un corresponsal español, un volumen publicado recientemente por la editorial Fórcola que recupera una voz y un estilo muy particulares y que ofrece, junto a piezas ya conocidas, otras rescatadas de la hemeroteca que no habían sido publicadas antes en un libro.

Lo primero que vemos en las crónicas viajeras de Camba es al propio escritor, sobre cuya existencia gira todo lo demás. Con él nos paseamos por Europa y con él cruzamos el Atlántico para adentrarnos en Estados Unidos, pero siempre sin perderlo de vista. En este sentido se puede decir que Camba pasó toda su vida haciendo el mismo trayecto: el de un español que recorrió el mundo en un viaje interior al centro de su propia persona”, señala Fuster, mientras que Antonio Muñoz Molina apunta en el prólogo: “Fue capaz de inventar una forma exclusivamente suya que se adaptaba por completo a su forma peculiar de talento, a su manera de ser y respirar en la vida (…) Escribía artículos que no podían ser más que de Julio Camba, que le pertenecían en la brevedad, en la dicción, en la mirada curiosa y benévola, en la brizna trivial del punto de partida y en el desarrollo, en los finales sin énfasis”.

Julio Camba pasa por los lugares sabiendo que no va a quedarse definitivamente. Se coloca en un rincón, se sienta en un café a hojear la prensa, escucha las quejas de la gente, afina la mirada y escribe con rapidez, tomando al vuelo las ideas, las reflexiones que le surgen al hilo de lo que va observando, siempre manteniendo la distancia de quien está de visita en un lugar que no es el suyo.

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El autor mantuvo siempre una relación de amor-odio con España, “una especie de mezcla entre el deseo insatisfecho de encontrar un verdadero hogar fuera de aquí, y, al mismo tiempo, la nostalgia irreprimible de querer reencontrarse con su primera patria”, indica Francisco Fuster. De ahí que en las crónicas sean frecuentes las comparaciones entre las costumbres españolas y las de otros países, saliendo casi siempre mal paradas las del lugar de origen, al que, al mismo tiempo, el autor agradece volver y convertirse durante unos días en protagonista por haber viajado y haber conocido otras realidades.

De Madrid, la ciudad que acogió al aprendiz de escritor cuando dejó Galicia y a la que volvía entre una estancia y otra en el extranjero, llegó a decir: “En Madrid se vive mal, muy mal, terriblemente mal. No hay dinero. No hay comodidades ningunas. El madrileño se pasa el día renegando, bien en sus pésimas habitaciones particulares, bien en el fondo odioso de una oficina…” Tales reflexiones forman parte de una pieza titulada Los fracs que hay en Madrid, publicada en 1922 en El Sol. Y en un artículo anterior (de 1917 para ABC) , comentaba de los madrileños: “Nos arreglamos como podemos y nos lanzamos a la calle. Lanzarse a la calle, en Madrid, quiere decir, ir al café. Bebemos café, leemos periódicos, hablamos de política. Hay huelgas, crisis, elecciones, encarcelamientos...”

Son amenos, ágiles y divertidos, los escritos de Camba. De su mano visitamos las grandes ciudades europeas: París, Londres, Berlín, Roma, sin poder evitar reírnos al leer las crónicas que dedica a hacer comparaciones entre ellas. Está claro que al escritor le gustaba, sobre todo París, aunque en una entrevista a la que alude Fuster, cuando le preguntaron cuál de ellas elegiría para vivir, contestó que no creía que hubiera nada comparable a los países imaginarios…

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