LA PLATAFORMA PROMUEVE GRAN ACTO EL 9 DE MARZO

La hora de la ‘marea cultural’: una reflexión ante el 9 de marzo

Por Manuel Rico. La “marea roja” es la marea que faltaba tras las mareas blanca, verde y violeta... Una marea activa, que muestre en la calle que la cultura, en el siglo XXI, forma parte de los bienes colectivos imprescindibles del estado del bienestar. Foto: Prudencio Morales.

Foto: Prudencio Morales.
Foto: Prudencio Morales.

Por Manuel Rico | Blog del autor | @Manuelricorego | El mundo de la cultura ha aparecido en los procesos políticos de nuestro país de tres formas: como respuesta crítica a determinadas actuaciones gubernamentales (desde la guerra de Irak hasta el chapapote provocado por el Prestige pasando por la defensa del pueblo saharaui o de los derechos humanos en distintas partes del globo), como voz colectiva en defensa de los intereses de los sectores en ella integrados, con luchas concretas como la respuesta al IVA cultural, la exigencia de medidas contra la piratería o en defensa de las salas de cine, y, por último, como plataforma de apoyo de una opción política en procesos electorales, sea el PSOE (el colectivo “de la ceja”, infortunada definición que ha sido utilizada paródicamente por la derecha), sea Izquierda Unida. O, de manera más genérica, en la unidad de la izquierda.

Ese protagonismo ha tenido, casi siempre, rostros conocidos. Con una dilatadísima carrera unos; más recientes otros. Sin embargo, han quedado en la sombra (o al margen de esas luchas) amplios colectivos ciudadanos y profesionales, que se caracterizan por hacer posible, cada día, el hecho cultural: algo así como las pequeñísimas piezas de la maquinaria de ese inmenso reloj con manillas bien visibles para la ciudadanía (los rostros conocidos o “famosos” del progresismo) que es el mundo cultural, pero cuya realidad diaria sólo es posible gracias a la maquinaria aludida, a quienes, desde técnicos hasta bibliotecarios, están al pie del cañón.  Esa maquinaria tiene que estar bien engrasada y el aceite básico para ello sea así es la inversión pública.

LA CULTURA ES MUCHO MÁS

Entre las piezas de esa maquinaria es preciso resaltar una imprescindible. Me refiero a ese otro colectivo, a veces silencioso en materia cultural aunque no lo sea cuando lucha por la sanidad pública, por la educación o por los derechos sociales, compuesto por los usuarios de los servicios culturales, por quienes disfrutan de  la cultura gracias a la presencia en ese ámbito de la iniciativa pública. Padres y madres que llevan a sus hijos a las escuelas de música y conservatorios municipales de cientos de barrios, distritos y pueblos de nuestra geografía; jóvenes que pujan por abrir paso a grupos musicales; amantes del cine o del teatro que suelen nutrirse, gracias a los bajos precios, de la actividad de centros cívico-culturales o universidades populares; escritores y escritoras curtidos en talleres promovidos por ayuntamientos; lectores de bajo poder adquisitivo que son usuarios habituales de las bibliotecas públicas. Y hablo, en fin, de los jóvenes y no tan jóvenes a los que el 21% del IVA les ha puesto aún más lejos acceder al cine en las salas privadas, de los pequeños empresarios y autónomos que viven la decadencia o el cierre de sus librerías o sobreviven con sus pequeñas editoriales, o de los ciudadanos para los que gozar de una obra de teatro o de una ópera en las salas más emblemáticas es una auténtica quimera.

Pocas veces se resalta cómo se refleja la crisis en la actividad cultural cotidiana y cómo se han venido recortando los presupuestos destinados a hacerla y promoverla en pueblos, barrios y distritos.

RECORTES POCO CONOCIDOS

Sabemos de los desplantes de Wert al mundo del cine, de las declaraciones públicas de actores, directores y productores en la tribuna de los Goya, de las consecuencias de la crisis en la reducción del número de películas españolas estrenadas a lo largo del año. Es evidente que la crisis económica afecta a ese ámbito del mismo modo que afecta al conjunto de la sociedad, especialmente a los estratos más débiles. Sin embargo, pocas veces se resalta cómo se refleja la crisis en la actividad cultural cotidiana y en qué modo se han venido recortando los presupuestos destinados por las administraciones públicas a hacerla y promoverla. Si el saqueo de las Cajas de Ahorros ha tenido como víctimas más inmediatas las redes de centros culturales o de bibliotecas, eliminadas por la vía directa, o la supresión de premios literarios y artísticos (algunos con una tradición de más medio siglo) y de programas de promoción de la lectura, de promoción del teatro o de las artes plásticas, en los ayuntamientos y comunidades autónomas gobernadas por la derecha, la “austeridad obligada” ha golpeado con dureza a ese inmenso tejido ciudadano que, lejos de los foros televisivos y de las tribunas mediáticas, hace, cada día, posible, la cultura en nuestro país, en nuestros pueblos y ciudades. Y ese tejido  (hecho de jóvenes, estudiantes, mujeres, personas mayores…) es el que sufre recortes que muchas veces pasan inadvertidos: por citar un ejemplo ilustrativo, sólo en la ciudad de Madrid, entre 2011 y 2014, los recursos destinados a todo tipo de talleres culturales se han reducido en casi un 18% (4,6 millones de euros) y los dedicados a la contratación de diversa oferta cultural, en casi un 50% (4,7 millones de euros), un auténtico tajo que afecta ante todo a los sectores sociales con menor poder adquisitivo y a los distritos periféricos. Si eso se añade a los recortes ministeriales y se suma a la brutal reducción de los presupuestos de cultura en las grandes ciudades del área metropolitana madrileña bajo gobiernos de la derecha, no es difícil advertir las consecuencias que todo eso tiene en la vida cultural, en el empleo de ese sector, en una industria tan frágil como imprescindible.

LA MAREA CULTURAL: LA CITA DEL DÍA 9 DE MARZO

Desde hace meses, sobre todo a partir de la primavera pasada, diversos colectivos culturales madrileños crearon la Plataforma en defensa de la Cultura. La diferencia fundamental respecto a iniciativas anteriores es que han eludido partir de un manifiesto encabezado por los nombres y los rostros de todos conocidos, que tradicionalmente actúan como dirigentes, guías y vanguardia del “movimiento”. En esta ocasión se ha considerado que la resistencia cultural y la exigencia de medidas que eviten esta deriva anticultural no puede quedarse, como tantas veces ha ocurrido, en el típico proceso de recogida de firmas, en alguna proclama pública y, en su caso, en un pronunciamiento electoral. Por el contrario, y aunque la recogida de firmas sea necesaria, y sean necesarios los nombres conocidos, se trata de comprometer a todos los sectores que hacen posible nuestra realidad cultural y hacerlo desde la base. Entidades ciudadanas de todo orden (desde el movimiento vecinal hasta las asociaciones culturales y grupos de teatro de barrios y distritos), asociaciones profesionales, sindicatos de clase, colectivos de las distintas disciplinas artísticas, plataformas de cultura de diversa naturaleza, coros, orquestas de aficionados, libreros, editores… Es decir, una malla de casi un centenar de organizaciones que abarca desde los artífices y protagonistas directos de la cultura hasta sus más lejanos usuarios, ese colectivo invisible del que poco se habla. Es decir, la “marea roja”. 

Más allá de los rostros conocidos, por primera vez se ha tejido una malla de casi un centenar de organizaciones (desde los creadores a los usuarios pasando por los técnicos) en defensa de la cultura:  la "marea roja".

Esa es la marea que faltaba tras las mareas blanca, verde y violeta, tas la marea científica (con la que habrá de conciliar el color puesto que se acerca también al rojo, un asunto meramente estético). El próximo 9 de marzo los hombres y las mujeres de la cultura tenemos que llenar el madrileño Paseo de Recoletos. Una marea activa, que muestre en la calle que la cultura, en el siglo XXI, forma parte de los bienes colectivos imprescindibles del estado del bienestar. Una movilización que respalda la izquierda (PSOE, IU y otras formaciones) pero que va mucho más allá de las opciones políticas: va a la raíz del hecho cultural, a todos los sectores sociales que consideran que sin cultura la vida es más limitada, chata y vulnerable. Una ciudadanía culta es una garantía de democracia. Y cuanto más culta sea, más avanzada, social, política y económicamente será esa democracia: ése es el convencimiento esencial del que parten los colectivos que promueven la marea roja. Un desafío, una invitación, un reto.

El pasado 22 de febrero, en Collioure, se homenajeó, por distintos colectivos e instituciones, a Antonio Machado, de cuya muerte se cumplían tres cuartos de siglo. Distintos medios de comunicación resaltaron una ausencia: la del gobierno español, que faltó al homenaje a uno de los poetas más universales de nuestra lengua. Ése es un indicio rotundo de la sensibilidad del partido que hoy nos gobierna. De nosotros depende invertir la tendencia. La marea de la cultura es también una llamada a la dignidad y a la memoria colectiva. Contra eso va también, no lo olvidemos, la política de recortes y de desdén hacia todos aquellos que trabajamos por que no se impongan, bajo ningún concepto, la indignidad y la desmemoria.