RELATOS | CULTURA

Con los ojos cerrados

Cierras de nuevo tus ojos y la dices a ella algo que no puedes escuchar y que ahora eres incapaz de reproducir con certeza, pero que bien podría haber sido algo así como: bailasmuybienyhuelesaúnmejor

Tienes cerrados tus ojos y el perfume de ella te embriaga más que la ginebra de mala calidad que estás bebiendo en ese vaso de plástico donde también has echado coca-cola. Y suenan Chicago o Santana, eso no puedes verlo bien en esa televisión de tu memoria siempre escacharrada. Ella es la prima de M y baila ciñendo sus caderas y su vientre a ti de una forma natural, como si bailar agarrado fuera eso, fuera sentir la sangre alterada e imaginar qué habría de ser hacer el amor con una mujer. Bailar agarrado. Así llamábamos a bailar las lentas, unidos en parejas y girando con el oficio juvenil del deleite por la música de seda. Abres tus ojos y ves que ella sigue con los suyos sellados y envuelta en la cadencia que marca los tiempos del baile, el ritmo, la pura danza, el exacto gozo del abandono. Y, claro, la erección. O lo que sea eso que ya tienes edad para reconocer. La edad y la inexperiencia.

Cierras de nuevo tus ojos y la dices a ella algo que no puedes escuchar y que ahora eres incapaz de reproducir con certeza, pero que bien podría haber sido algo así como: bailasmuybienyhuelesaúnmejor. Y te regodeas en el exagerado gusto del olfato y de tus caderas valientes. Ella abre los ojos justo cuando tú los acabas de cerrar y por eso no ves que te mira con el embeleso con que la amiga de la hermana de Quique te mirará en una fiesta de Nochevieja quince años más tarde, camino de tu primer matrimonio. Pero quedémonos aquí, en el baile a oscuras en La Cuadra, un domingo de primavera. Recuerdos del pelo largo.

Abres de nuevo los ojos y ves cómo ella apoya su cabeza en tu hombro derecho, suavemente, como si no estuviera hecha de huesos, como si fuera una mariposa del tamaño de una melena enrojecida y fiera. Y la canción se acaba, sí, la canción que estaba sonando y que servía para marcar la pauta de tu estremecimiento y de vuestro baile. Ella se separa y miras cómo Antonio se acerca y os dice metoca, y el olor de ella se hace más intenso y tú sabes que no volverás a abrazarla jamás, y respiras hondo porque acabas de aprender en esos cuatro minutos de danza ensimismada más que en lo que ha sido hasta esta tarde toda tu pequeña vida.