"A veces el arte, más en concreto la poesía, apunta destellos de realidades posibles"

En Fugitiva Ciudad, último libro de poesía de Manuel Rico, su autor nos muestra de manera caleidoscópica la ciudad y nos proporciona un catálogo de la urbes rotas, fragmentadas, luminosas y oscuras a un tiempo, diversas y complejas.
| 12 Octubre 2012 - 18:37 h.
Foto: Pepo Paz Saz
Foto: Pepo Paz Saz

En Fugitiva ciudad (Hiperión, 2012), último libro de poesía de Manuel Rico (Madrid, 1952) galardonado con el Premio Internacional Miguel Hernández-Comunidad Valenciana, su autor nos muestra de manera caleidoscópica la ciudad –una y todas a la vez- y nos proporciona un catálogo de la urbes rotas, fragmentadas, luminosas y oscuras a un tiempo, diversas y complejas: La ciudad es retratada como un ser vivo que evoluciona a partir de sus propias leyes, un verdadero ecosistema; un “bosque animado” en palabras de Manuel Rico. Es autor de varios libros de poemas, entre ellos el Premio Juan Ramón Jiménez de 1997, La densidad de los espejos, y la antología poética Monólogo del entreacto. 100 poemas, de 2007. Trenes en la niebla y Verano son sus última novelas, ésta última galardonada con el Premio Ramón Gómez de la Serna 2009. También ha escrito el libro de viajes Por la sierra del agua, y el ensayo sobre la poesía de Manuel Vázquez Montalbán, Memoria, deseo y compasión. Dirige la colección de poesía Bartleby Editores y ejerce la crítica de poesía en el suplemento Babelia del diario El País.

SONIA SÁNCHEZ RECIO |  Poesía y mundo, palabra y realidad. Fugitiva ciudad parece sustentarse, como otros poemarios suyos anteriores, en ese binomio. ¿Cómo integra esos dos ámbitos, en apariencia contradictorios?

MANUEL RICO |  Más de una vez he dicho que mi concepción de la poesía parte de un convencimiento: la necesaria integración, o relación dialéctica entre palabra reveladora y conciencia crítica. Eso intento con mis poemas. En ellos están la realidad y la experiencia, pero a partir de una visión compleja: de ellas forman parte el sueño, la memoria, los deseos más hondos, las frustraciones. Eso solo se puede expresar con un lenguaje revelador, que emocione y sorprenda a la vez. Con poesía.

En el panorama poético actual, ¿sigue considerándose un “francotirador”?

Más o menos. Cuando uno comienza a escribir (en mi caso fue a finales de los setenta) intenta compartir generación, estética, insertarse en un proyecto poético colectivo. Si tus ocupaciones son otras y dedicas mucho tiempo a proyectos de otra índole, sociales o políticos, tu vida avanza al margen del mundo literario y tu poesía evoluciona lejos de las corrientes establecidas. En ese aspecto, sí, pese a mis libros de poesía, algún que otro premio y mis novelas, sigo considerándome un francotirador.

En Fugitiva ciudad ofrece una intersección entre la urbe –en abstracto- y los “singularem loci” (lugares concretos y singulares), como el restaurante de la ópera de Frankfurt con Juan Gelman o el cementerio de Roma en el que yace Antonio Gramsci. ¿Tanto comparten las ciudades europeas, es decir tienen mucho en común? En relación con esto ¿Podrían llegar a confundirse unas ciudades con otras?

Europa ha sido, para mi generación, el sueño de la democracia, de los derechos sociales, de una cultura avanzada. En Frankfurt, o en Viena, como en Roma o París se simboliza ese sueño. En ese aspecto, tienen mucho en común. Sin embargo, ese sueño aparece, en los poemas que menciona, agrietado, incompleto amenazado y vinculados a experiencias reconocibles de mi vida. Fueron escritos antes del estallido de la crisis y sin embargo en ellos se respiran las incertidumbres a las que nos enfrentamos hoy. Europa hoy es ese espacio. Como lo son sus ciudades.

Muchos poemas fueron escritos a comienzos de la década pasada, como “Tarde de guerra en Irak”, de 2003. El tono pesimista que se percibe constituye casi un preludio a la crisis actual en la que estamos inmersos. ¿Acaso presentía en cierta forma la que se avecinaba?

A veces el arte, más en concreto la poesía, apunta destellos de realidades posibles. En ese poema, en el que narro un paseo con mi hijo por las proximidades del Museo Reina Sofía una tarde de 2003, la realidad eran los bombardeos en Bagdad. Pero si leemos bien el poema, hay apuntes del mundo que nos aguardaba, de la realidad que estamos viviendo hoy.

Por tanto, ya sabemos que la Historia tiende a repetirse. En “La tumba de Gramsci” puede leerse “cuando Europa tiritaba de miedo” ¿Tirita de nuevo Europa?

Por lo pronto, la Europa del Sur (Grecia, Portugal, España…), sobre todo las llamadas clases subalternas de esa Europa, viven peor, con menos democracia y amenazadas por un poder invisible y no elegido al que llaman “mercados”. En el poema “Cena en Frankfurt”, en el que evoco una cena con Juan Gelman, hay tres versos: “Casi solos, / nos reímos contra la incertidumbre / de una Europa cobarde”. En ellos está esa sensación, se apunta ese temor…

Con respecto a ese negro panorama, en el poema “Berlín, 1989” un suceso alentador e inesperado acontece, convirtiendo una ciudad triste poco antes de la caída del muro en una urbe que recupera la esperanza y la alegría. ¿Podría ocurrir algo parecido ahora, un suceso no previsto que nos devuelva la ilusión por vivir?

En mis poemas siempre se apunta una luz, una posibilidad, un destello de utopía

La caída del muro de Berlín es otro símbolo generacional. Su caída, impulsada por una imparable voluntad democrática, abrió grandes esperanzas. Fue inesperado sólo relativamente, pero es verdad que devolvió la ilusión por vivir a muchos hombres y mujeres. En mis poemas siempre se apunta una luz, una posibilidad, un destello de utopía. Podría ser pero, en mi modesta opinión, las cosas por ahora van en dirección contraria.

En el poema “Rémoras del origen” afirma “Todo lo ignoran del poema y su origen: prohibida patria de la memoria”, y en “Momentos de Viena 2005” también habla de “la nieve congelada en la memoria y el terror de los trenes de ganado y madera…”. Por último, en “El barrio que fue mío”, se refiere a “una tarde de octubre máquinas sin memoria hicieron de él (mi barrio) escombros lo dejaron sin luz y sin sentido”. ¿Habría que saldar la cuestión de la desmemoria para seguir viviendo?

Escribí, en mi novela Los días de Eisenhower algo así como “la desmemoria crece si la palabra se rinde”. Creo que la palabra, sobre todo la palabra poética, tiene que tener un referente irrenunciable en la memoria. En España esa pulsión es especialmente obligada. En el verso que cita hago referencia a los más jóvenes: es fundamental que asuman, como memoria heredada, la de la lucha por la democracia y la de las grandes aspiraciones democráticas frente a las dictaduras… También hay una alusión al desaparecido barrio de mi infancia, barrido por las excavadoras: hoy sólo lo salva el poema.

Los nombres y el recuerdo. En Fugitiva ciudad hay espacio para los amigos y escritores que ya se han ido, como Manuel Vázquez Montalbán, Dulce Chacón y Diego Jesús Jiménez. Curioso en un libro galardonado con el “premio internacional Miguel Hernández”, el autor del lamento lírico más hermoso de todos los tiempos: “Elegía a Ramón Sijé”…

Si, son tres grandes pérdidas, colectivas y personales, que hemos sufrido en la década larga en que he escrito el libro. A ellos dedico tres poemas cargados de emoción y perplejidad, como si la muerte hubiera llegado por sorpresa, inesperadamente. Aunque hay un tono elegíaco en buena parte de los poemas, en estos tres ese tono se concreta y ahonda. Con Manolo trabajé durante tres años escribiendo un ensayo sobre su poesía; con Dulce, compartí uno de sus últimos actos públicos en un centro de adultos de Entrevías; Diego, era maestro y amigo desde hacía más de treinta años: vivimos mucho juntos. La muerte siempre es “un manotazo duro, un golpe helado”.

Volviendo al trazado de las ciudades, en el poemario apenas hay sitio para sus cascos históricos y antiguos. Más bien se refiere a la periferia, a los “barrios limítrofes y extremos”, a la “flor de suburbio”, etc. ¿Se ve mejor el horizonte desde la periferia?

Por lo menos, de manera más lúcida. Incluso el amor, al que dedico un apartado del libro, es evocado y vivido desde la realidad de barrios, bares, habitaciones, parques o descampados que viven en los márgenes de las ciudades. Es la “ciudad otra” que vive una mayoría social que históricamente ha sido segregada cultural y socialmente. Que comenzó a construir una realidad mejor en las últimas décadas y que hoy, con la crisis, vuelve a ser convertida en culpable y víctima. Creo que ahí, en los lugares concretos en que vive, está también la poesía.

En “Hipermercados” se afirma que “el templo del siglo es el centro comercial”, los nuevos “cerrados zocos”; en el mismo poema se refiere también a los “seres que viven en absurdos polígonos de bloques polvorientos, en calles a trasmano de trenes y autopistas, donde se ama y se muere todavía”. ¿Se ha desplazado del centro a la periferia la verdadera vida?

Los grandes centros comerciales han ocupado buena parte de las periferias de las ciudades. Se han convertido en los templos del consumo y del ocio. Forman parte de nuestra realidad y son centro de peregrinación, los fines de semana, de las gentes que viven en los bordes de la ciudad. Ahí se ofrecen maravillas artificiales, sucedáneos de la felicidad. ¿Cómo no iba a dedicar alguno de los poemas a ese mundo? Ahí también está la vida. También el engaño, todo hay que decirlo. Es la modernidad impostada…

En “Fin y principio de siglo”, propones “inventar el domingo”. Te refieres a un tiempo “con su atardecer de felpa y ventanas abiertas al vacio”, en el que uno se dedicaba a aburrirse -o a meditar si se prefiere- en casa. Actualmente, la crisis, la angustia, la crispación… ¿Permite disfrutar del placer de no hacer nada de vez en cuando sin sentirnos culpables?

Es difícil pero necesario. El poema, que alude al cambio del siglo XX al XXI, habla de la necesidad de salvaguardar una isla de intimidad, de buscar espacios contra las inclemencias de la realidad aunque estemos atentos a ella y comprometidos con ella. En mi poesía, en este y en otros libros, el domingo, sobre todo el domingo por la tarde, tiene mucho de lugar propicio para la soledad, para la escritura, para la meditación. Incluso hay un poema en Fugitiva ciudad titulado “Tarde de domingo en el polígono industrial”, un acercamiento a una realidad desconocida, a lo que queda en esa zona de la ciudad cuando sus habitantes, trabajadores diarios, lo han abandonado por unas horas.

En este poemario hay una mirada atrás, pero también al futuro, a lo que les espera a los “jóvenes con niebla prematura en la mirada”. En las ciudades tienen su espacio específico, sitios que va enumerando en “Lugares para jóvenes”. Respecto a lo que les aguarda a estas nuevas generaciones. ¿Qué cree que sucederá?

No hay más que echar una mirada a cualquier grupo de jóvenes en el metro, o en el autobús para advertir esa “niebla prematura”. En ese poema me refiero a esos espacios de la ciudad que ellos frecuentan y, sobre todo, al horizonte incierto al que se enfrentan. Creo que tienen que hacer lo que hemos hecho todos los jóvenes que en la vida hemos sido. Abrir luz en ese horizonte significa luchar, moverse, ser rebeldes e inconformistas: ahí está el 15-M, la movilización sindical, ciudadana, cultural… La ciudad, sin ellos, no es: pierde su identidad y su futuro. Aunque aparezca borroso.


El libro se presenta en miércoles 17 en la librería Rafael Alberti.

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